El otro día me pasó algo que me alegró el día. Creo que la alegría me la produjo en parte la simpleza del hecho en si mismo, lo fácil de la solución que se generó a un posible conflicto y el pensamiento de que, si fuéramos capaces de frenarnos más a menudo, aunque sea un poco, dejando la testosterona a un lado, otro gallo nos cantaría.

Insisto, fue muy simple.

Iba en el ascensor camino al sótano desde el noveno piso del bloque de pisos donde vivo. Cuando llegué a mi destino observé a través de la ventana semiopaca del cristal de la puerta del ascensor, que había alguien fuera con la intención de acceder al mismo. Al intentar abrir, como en otras ocasiones, la puerta del ascensor se atascó. Y normalmente se atasca poco, pero en este caso (al menos a mi así me lo pareció) se atascó “algo más de lo deseado”. Fueron apenas uno o dos segundos, pero la sensación de quedarme encerrado a pesar de no ser claustrofóbico me hizo ponerme algo nervioso. Como consecuencia, y poniéndolo en palabras suaves y sin estar precisamente orgulloso de ello, digamos que no traté la puerta con excesivo cariño hasta que la conseguí abrir.

Cuando recuperé “mi libertad” y enfrenté a mi vecino, este me miró con cara de pocos amigos y me hizo un comentario (también suavizado) del tipo: “Un poco exagerado, ¿no?” A priori yo me sentí desconcertado y un poco violento, con lo que no supe reaccionar hasta pasados un par de segundos. En ese tiempo nuestras miradas no se relajaron.

En un momento determinado comenté, de la forma más amistosa que me fue posible aunque aún un poco tenso, lo que era evidente, que la puerta se había atascado y que no se podía salir. Al hacer ese comentario de bandera blanca mi interlocutor perdió un poco de tensión en los ojos y adquirió un tono didáctico. Me explicó que la puerta tiene un sistema de cierre que tarda un poco en abrirse y que por eso se debe de esperar un poco antes de empujarle una vez que se ha llegado a la planta que se quiere. Aunque yo estaba convencido de que había esperado suficiente, simplemente me decanté por un: “lo cierto es que me asusté un poco al verme encerrado dentro de esa caja metálica”. Entonces mi vecino continuo en un tono más que amigable su explicación de cómo se debe abrir la puerta sin hacer más mención a la cierta “agresividad” empleada por mi parte. Al final de esta escena tanto él como yo nos despedimos con una sonrisa en los labios y un cordial “¡qué pase un buen día!

La escena descrita pudo tomar derroteros totalmente diferentes si cada uno nos hubiéramos mantenido en nuestros trece (¡éste se carga el mobiliario vecinal! y ¡éste me juzga sin saber realmente como me sentía ahí dentro!). Sin embargo ambos pasamos de un lenguaje no verbal agresivo (las miradas), y no olvidemos que el lenguaje corporal muestra en un porcentaje muy elevado nuestras emociones, a un lenguaje verbal dialogante que enseguida enfrió el ambiente.

Y los lectores y las lectoras se preguntarán que a qué viene todo esto. Pues muy sencillo. Que vivimos tiempos de muchas confrontaciones, de prisa, del “¡pues anda que tú!”, del “yo tengo razón y tú no”. Que a lo mejor estaría bien pararse un poco y no decir lo primero que se nos viene a la cabeza (o a las teclas del ordenador), que uno de los aspectos más importantes del proceso comunicativo es la escucha, el prestar atención y que la capacidad de empatizar puede ser más que saludable como ya describió Goldman al hablarnos de la inteligencia emocional.

A mi esta experiencia me mereció la pena. Como mencioné al principio, me alegró el día.

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